sábado, 13 de agosto de 2016

Un hombre que habría que conocer




Cuando entró por la puerta ella había acabado de limpiar. Caminaba de un lado a otro y fumaba como una chimenea. Le llenó el piso recién lustrado de cenizas. Pero ella no le dijo nada, aunque ganas no le faltaron. Le respetada, y nunca se atrevió a interrumpirlo… y podía hacerlo.
Así se me descubrió Fidel hace unos años, mientras leía a Haydée Santamaría, y cambió aquella imagen de hombre incólume, de esos que están de pie frente a ti, en lo alto, y te parecen imposibles de tocar.  

Cuando niña, en los días del Congreso de la OPJM, envidié para bien a mi compañera Leannis quien le tuvo tan cerca y casi pudo abrazarlo.
A veces me pregunto qué habrá sido de la pionera cuando en tal ocasión le anudó al cuello su pañoleta. Seguramente ella, hecha ahora una mujer, tenga la foto enmarcada en la sala de su casa o en algún álbum de recuerdos.
De pequeña hasta anhelé el paso de los ciclones, solo para verlo llegar a mi pueblo, bajarse del jeep y conversar con la gente del barrio. Deseos infantiles no hechos realidad por suerte, y lo digo por los ciclones.
Una de mis memorias más impactantes es de una tarde cuando mi madre y su amiga Clotilde lloraron desconsoladamente al verlo tropezar en las escaleras de la Plaza de la Revolución de Santa Clara.
Yo tenía apenas 16 años, y ya Fidel no era el hombre vigoroso y joven que había entrado en 1959 en La Habana, ni el otro descendiendo de un tanque durante los ataques de Playa Girón, o ese reunido con los estadounidenses  negros en el barrio de Harlem.
Todavía era un hombre al que más de un centenar de atentados no pudieron –ni podrán- matar, pero el paso de los años, a pesar de su lucidez espléndida, ya se notaba.
Un hombre de tanta lucha y sacrificio antes del Triunfo definitivo, de largas marchas junto al pueblo, de guía en medio de huracanes y planes desestabilizadores del Norte, de aguaceros en una tribuna, de dormir a penas 4 horas al día, de hacer tanto, no puede ser fuerte –físicamente- para toda la vida.
Y a mí me tocó imaginarlo como un abuelo, esos que no pude disfrutar de niña por la muerte. En las clases de Historia de Cuba soñaba que me sentaba en sus piernas y me contaba sus anécdotas: los días de baloncesto en el convento de Belén, el asalto al Moncada, la prisión en la Isla de Pinos, los preparativos en México, la expedición del Granma, la lucha en la Sierra.
Pero Fidel ya no es el abuelo de todos los niños, si bien su imagen y la del Che sean las que primero aprenden los infantes a reconocer en el círculo infantil.
Se nos alejó en el tiempo cuando se alejó de los medios. Y no siempre se tiene un instante en la casa, la escuela o el trabajo para hablar de él, para recordar su existencia, atenta todavía, al pasar de los años.
Cumplirá 90 el próximo agosto y es común escuchar cómo muchos le dedican a su cumpleaños las actividades de este 2016, pero muchas veces se olvidan de él, de su grandeza, y no intentan ni siquiera igualarlo.
Tal vez no sea posible llegar a su altura, pero querer el bien para nuestra América, y fundamentalmente para nuestra Cuba, es el mejor homenaje que se le puede hacer.
Inclusos sus enemigos, con puntos de vista discordantes, reconocen cuánto ha trascendido en la historia, con errores y aciertos.
Un amigo que le conoció me contó cuánto cambió “aquel día de breves palabras con el Comandante en Jefe”. Y también yo creo que quien habla con él no es el mismo nunca más. A mí me gustaría comentarle mis inquietudes con el futuro de la Isla, del patriotismo enseñado en casa, del cuadro suyo en la sala de muchos, cual foto de un hijo, y hasta de mis dudas históricas sobre reunión de Cinco Palmas.
Le hablaría de aquel poema de Jesús Orta Ruiz que mi hermana Kenia recitaba como nadie y memoricé a los 7 años, o el Canto de Carilda lleno de cariño e imágenes apasionadas.
Pero, sobre todo, me sentaría a escucharlo.
Todavía imagino ese encuentro, aunque hace años entendiera que no será posible. Fidel y yo coincidimos en el mismo tiempo, en la misma Isla… Eso basta.



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