miércoles, 15 de marzo de 2017

Tres días para ser un Crusoe

El mar se retiró en Batabanó y la isla se esfumó del archipiélago cubano. Los vientos del norte (será que casi todo lo que venga de ese punto cardinal nos jode) arrastraron las aguas Caribe adentro y el puerto desapareció, y el fondo marino se asomó, y fue imposible regresar o partir.
Entonces, a los de la verdadera isla solo les quedó echar su suerte al tiempo, al clima, a los cabrones vientos.
Nosotros lo vivimos, como si algo divino dispusiera a quienes llegaban por primera vez, la rara maravilla de estar prisioneros, y entonces comenzamos a entender: primero la emoción, luego la desesperación, más tarde la resignación, pero siempre la esperanza.
Así inició la verdadera guerrilla, cuando Serrano leyó en el noticiero la nota informativa. Nadie la vio, pero todos la imaginamos. Aún es parte de nuestras pesadillas.
Desde horas antes el oleaje en la playa negra no era buen augurio, ni tampoco la desaparición de los mosquitos. Sabíamos que algo traía entre manos aquel viento que esparcía las hojas secas de la fogata, pero nos empeñábamos en buscar troncos. Esa debía ser la última noche, debía ser especial, inolvidable…. y lo fue.

Día 1:  EMOCIÓN

Cuando llegó la noticia no pocos disfrutamos la extensión “obligada” de aquellas vacaciones. ¿A quién no le gusta que sea culpa de otros el aumento de días de diversión? Nada podía hacerse para cumplir con compromisos laborales, volver a la vida seria, responsable y agobiante de cada jornada, qué mejor justificación que el mal tiempo.

En la mañana siguiente la emoción aumentó con la construcción de un nuevo plan. ¿A dónde vamos, cómo nos trasladamos a la ciudad? Se descubrieron así las verdaderas dinámicas de los locales, a quienes complicamos el transporte los extraños “varados” en la isla, nosotros, que tras la alegría por lo desconocido cantamos en las guaguas, complicamos los cajeros, preguntamos a todos y de todo.
No hubo respeto por la preocupación ajena de un turno médico perdido, la entrevista de trabajo que fue preciso cancelar y perder, el familiar al que no fue posible despedir. Esas primeras horas no eran tan desesperantes. Apenas era el atraso de un día por “mal tiempo”, pero inconscientemente esperamos la nota en la voz de Serrano, aunque fuera otra noche sin ver el noticiero.

Día 2: DESESPERACIÓN

A esa altura conocíamos los horarios de todo, en definitiva la isla es eso, una isla, y bien pequeñita además. Ya no queríamos saber del bulevar, nos aburría la wifi (a algunos, aclaro), y en la playa aún había mucho oleaje como para zambullirnos.
Nos intrigaba el más allá de la cabecera municipal. Nos aventuramos, no hay un programa que cumplir, aquel terminó hace 48 horas.
Ya deberíamos estar en casa, pero seguíamos en la isla de Viernes y Robinson Crusoe, de las cotorras, de pinos, de las toronjas, de los 500 asesinatos. Comenzamos a sentirnos como un náufrago perdido entre cocoteros, yagrumas, mogotes, montañas y canteras de mármol. Ya no era tan excitante.
Llegamos al sur de ese “rabito” pequeño que ignorabas en geografía y te encabrona la calma del tiempo, las arenas blancas, la playa impasible, desolada. Nos sorprendió el buen trato de una recepcionista de un hotel fantasmagórico por su soledad, interrumpida solo por tres o cuatro infieles, seguramente, (este lugar queda tan lejos que es buen refugio para amantes, yo también lo usaría).
Allí tampoco había mucho por hacer. Recogimos caracoles y souvenirs marinos para los amigos, para los recuerdos; debatimos sobre la imposibilidad de los cubanos de acceder a sitios de buceos tan hermosos como el que te venden desde la entrada; tomamos unos tragos de ron, y volvimos en la guagua de los trabajadores —bien pocos por cierto. A esa altura, empezamos a desesperarnos. Apareció el mal humor, la mala cara, las maldiciones.
Hicimos gestiones para salir de aquella isla como fuera. La idea de nadar hasta La Habana no parecía tan descabellada. Son solo 120 km. Cuestionamos entonces por qué no hay otra alternativa de atraco para los barcos cuando el mar desaparece de Batabanó: quizás Pinar del Río, la ciénaga de Matanzas, cualquier otro lugar, incluso un bojeo a Cuba hasta encontrar puerto seguro, tierra firme.
Por aire, ni soñarlo. No había suficientes contactos, suficiente poder. Éramos unos desconocidos. Poco importaba si el carné tenía algún apellido ilustre o decía que éramos periodistas. Ese truco no impresiona a esta gente.
Algunos nos aprendimos de memoria el único de la Isla de la Juventud que importa en estos casos: el de la naviera. De tanto marcarlo, aunque sea imposible comunicar, lo grabamos: 46324406, 47324406, 46324406, podíamos hasta jugarlo en la bolita.
Era un número a memorizar como si fuera el de tu propia madre. Pero en ese casi nunca encuentras consuelo en la voz del otro lado. “NO sabemos”, “todavía nada en Batabanó”…. Y en tiempo mejoraba en la mañana y venía la esperanza, y nos asustaba entonces cualquier viento en la noche, y comenzamos a extrañar los mosquitos, los  jejenes (Phlebotomus papatasi). No queríamos ni pensar. Hasta los más alegres comenzaron a ponerse tristes.

Día 3: RESIGNACIÓN

La gente de la isla está acostumbrada a estos días de prisión, y no necesitan a Serrano para saber cuándo volverán a salir los barcos. Ellos también están desesperados por regresar o partir. Ellos también deseaban que nos fuéramos, aunque siguieran sonriendo. Los extraños son bienvenidos solo un tiempo. Y los entiendo, yo hubiera sentido lo mismo.
En el momento que la noticia se esparció en medio de la guagua, sentimos el alivio de la gente, el nuestro. No hizo falta llamar al 46324406 (lo he vuelto a escribir de memoria).
“Nos vamos por fin. Estoy harta de esta isla rodeada de mar, cuyos límites no puedo pasar, a donde no hay salida si me da por salir corriendo. La isla es como una prisión”.
Un pie en el catamarán (poco importa ahora si es el de 3 o 5 horas mientras se mueva lejos) y entonces te sientes a salvo. Sin embargo, solo sales de una isla a otra. Volverá a ti la emoción, la sensación de prisión, la desesperación y finalmente, la resignación. Y lo peor es que ya no podrás culpar al mal tiempo.

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