domingo, 29 de enero de 2017

Lo que se inaugura con premura...



La cola en las afueras es inmensa. Desde horas antes la gente sabe que iban a reinaugurar la tienda —como si eso supusiera nuevos productos y precios. Pero aún así la cola en las afueras es inmensa.
Tras bajar la “marea humana” aglomerada en la puerta, con la curiosidad típica de lo nuevo, invitas a un amigo a ver cómo ha quedado el lugar.
Por todos lados hay gente haciendo compras: lavadoras, vasos, “porta cosas” de cocina, tasas, ramos de flores plásticas, lámparas, etc. Y con ellos la típica matazón a la que estamos acostumbrados, porque si bien son tiendas con los mismos productos de siempre, cuando son reinauguradas es cuando aparecen en grupo los compradores.

Y no pienso criticar ese comportamiento de los cubanos por más que me parezca innecesario o exagerado. ¿A quién no le gusta lo nuevo? ¿Quién no disfruta fisgonear de vez en cuando entre los productos de una tienda y hasta imaginar cómo colocarías los muebles, las mesas, los estantes, si tuvieras el dinero suficiente para comprarlos o el espacio en casa?
La tienda Eureka, de Cienfuegos constituye una de las varias de su tipo que han sido remodeladas en los últimos meses y vuelven a ofrecer servicios a la población.
Sin contar lo ilógico que me parece gastar los recursos reparando y remodelando lugares que no mostraban ameritar tales acciones, el mercado en cuestión, tiene valías innegables.
Entre esas podemos contar el buró de información donde además se oferta la posibilidad de localizar cualquier producto en otros establecimientos; mejoras en las oficinas de transferencia de dinero, conocida como Western Union; ventas a través del comercio virtual; una puerta que accede directamente al mercado contiguo Progreso Cubano; y una ampliación de su área de equipos electrodomésticos.
Por allí todo muy bonito, pero ¿quién controla o permite la exposición de productos en estantes sin el precio correspondiente, o peor, sin estar a la venta, o el breakafé en cuyo menú aparece la aromática bebida —por cierto, mucho más cara que en otros establecimientos— y la cual no tienen aún a la venta.
Para colmo escuchas a una dependienta de otra tienda —la reconoces así por su uniforme— comentarle a su acompañante que de su trabajo sacaron productos para colocarlos allí.
Si es cierta o no su historia, no lo sabes, pero tampoco lo dudas. En la premura por inaugurar obras muchas veces puedes advertir la pintura bien fresca; las remodelaciones sin concluir o “víctimas” de la chapucería de una fecha tope; los productos incompletos;  los servicios sin funcionar, aunque alguien asegurara en el “opening” que sí, que ya comenzaron.
Ojalá lo que se inaugura con premura —aprovechando que rima— fuera solo el verso de un poema llamado “Eureka”, pero no, es solo la frase suspensiva que podrías completar, muchas veces, con un: no sirve.


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