Mamá siempre me ha dicho que el día muera quieren que la entierren o coloquen sobre su tumba todas sus medallas, y aunque no quiero ni pensar en la posibilidad de que desaparezca de mi vida para siempre, reconozco en su deseo una costumbre de quienes sobrepasan en Cuba los 60 años.
¿Quién no ha visto a los abuelos que lucen orgullosos
en sus guayaberas descoloridas por el tiempo, o su añejo uniforme de
milicianos, docenas de medallas sobre el pecho, cuyo peso no los puede encorvar?





