lunes, 10 de marzo de 2014

Una deuda infinita con Melba (+Audio y Galería de fotos)


Cuando aquel primero de mayo, Elda Pérez Mujica presentó el joven Abel Santamaría a Melba Hernández Rodríguez del Rey, la historia de Cuba ganaba otros brazos de mujer para acunar y proteger la Patria.
Abogada de profesión y natural del municipio de Cruces, hoy en Cienfuegos, aquella mulata espontánea y comunicativa impresionó a todos con su entusiasmo con la causa revolucionaria.
En Melba, Haydée y Abel Santamaría encontraron a una hermana de esas que no une la sangre, sino la propia vida, de esas incondicionales por quien se podría hasta morir.
A partir de ese momento fue una asidua visitante del apartamento de 25 y O, allí donde se reunía la generación del centenario para soñar la Cuba libre. Allí, preparaban los volantes y artículos contra la tiranía, planeaban los actos “revoltosos”.
“Éramos muy alegres,- recordaría Melba sobre aquellos años. A pesar de la actividad clandestina y revolucionaria, no renunciábamos a uno de esos segundos de alegría, paseábamos, asistíamos a fiestas, pero siempre bajo el permiso y el control de Abel”.
Hija única de Elena y Manuel, no imaginaron sus padres que junto a los amigos que frecuentaban la casa, Melba sería protagonista de un suceso que cambiaría el destino del país.
Le tocó a ella transportar las escopetas en tren hasta Santiago de Cuba, fusiles que no cabían en el equipaje. En una florería consiguió una caja de gladiolos para llevarlos, y justo cuando todos pensaban, ¿Qué hace Melba con flores?, ella llegaba cargada de armamentos.
Allí, en la granjita de Tizol, rodeadas por más de un centenar de hombres, junto a Yeyé planchó los uniformes y corbatas que vestirían los revolucionarios en la mañana de la Santa Ana; limpió el patio donde se parquearían los carros, se hizo confidente de los más profundos secretos, miedos y anhelos de sus compañeros.
 Activa y enérgica la recuerdan aquel 26 de julio las trabajadoras del hospital Saturnino Lora. Curando heridos, socorriendo a sus camaradas, aprendió la enfermería. Señalada luego por un infame delator, comprendió que no hay remordimientos contra los malos cubanos, esos por lo que también se lucha.
“Ustedes son las que se tienen que salvar”, fueron las últimas palabras que le escuchó a Abel. Sabría de él luego, cuando un guardia le enseñó sus ojos. Y Abel también era su hermano, por eso recuerda con exactitud la hora de su muerte. A las nueve, como el cañonazo.
Sentí las manos de Melba sobre mis hombros. Vi al hombre que se me acercaba y oí una voz que decía: "han matado a tu hermano". Toda Melba eran aquellas manos que me acompañaban, recordaría para siempre Haydée.
Más de siete meses sin separarse habían estado las dos heroínas, por eso, ante el profundo dolor de Yeyé por la pérdida de los seres queridos, Melba supo alentarla. Vamos a poder seguir luchando, no sé cómo pero nos abriremos camino.
 Y juntas sobrevivieron a la prisión y se incorporaron a la lucha en la clandestinidad.
 Pareciera entonces verla preparando en México el desembarco del Granma y despidiendo a los revolucionarios en el muelle de Tuxpan. O asumiendo valiente las nuevas tareas de la naciente revolución, de embajadora en Cambodia y Viet Nam y dialogando con el líder anamita Ho Chi Minh.
Tenía 32 años cuando amaneció aquella mañana en el Moncada, murió este domingo en La Habana 60 años después.
Su voluntad ha sido acompañar en la eternidad del infinito a sus hermanos caídos aquel día de 1953, estar junto a su hermana Haydée, que desde 1980 también en el Cementerio de Santa Ifigenia, descansa.
“Tenemos una deuda con nuestros hermanos muertos”, respondería una vez Melba a la periodista Martha Rojas.
También nosotros Melba, tenemos una deuda contigo.

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