martes, 13 de diciembre de 2016

Nuestros muertos quieren que cantemos



 

Hace casi un mes que murió Fidel.  Fueron 9 días tristes de luto, y para algunos los días tristes continúan en el fondo, pero la vida sigue.
Hace casi un mes que murió y todavía hay gente que no permite la música alta, las fiestas en público, no sé con qué derecho.
Incluso algunos que permiten la música, la sugieren baja, a un tono mesurado, no por la contaminación sonora ni mucho menos, sino más bien porque de alguna forma, “el país todavía está de luto”… y lo estará siempre.
¿Acaso no duele siempre la muerte de un ser querido? ¿Significa amar menos, respetar menos, porque tras los días de la pérdida decimos bromas, hacemos el amor, o bailamos? ¿Somos culpables por una sonrisa? Los olvidamos si seguimos adelante?

Cuando mi hermana Kenia murió hace más de un año —el mayor dolor de mi vida— me refugié en la música. Pasaba horas y horas cantando, audifonada, pensándola.
Aquella fue la forma que encontré para lidiar con el dolor, para recordarla, para seguir adelante. Mi madre, por su parte, nunca más quiso maquillarse, ni salir a carnavales o fiestas. Mucho nos costó que nos acompañara en las festividades por el fin de año.
Por más que la animé a seguir adelante y traté de convencerla de que incluso Kenia no desearía verla así, aquella fue la forma que mami encontró para pasar su tristeza, para diluirla. Sentía que otra conducta sería irrespetuosa con su muerte, y hasta con la gente.
Y aún así mami nunca nos pidió a nosotras —mi hermana Ara y yo— detener la vida  por la muerte de Kenia, porque ni ella lo hubiera querido.
Entonces no entiendo cómo las instituciones culturales, estatales, estuvieron, están cerradas, con música “patriótica” porque así lo indicaron de arriba.
Por qué la televisión y la radio suspendieron programas musicales, juveniles, por otros donde solo se ponen melodías suaves: boleros, danzones, trova, “para que la transición fuera menos brusca”, y qué conste que yo prefiero estas a otras, pero me gusta también las melodías para bailar.
O por qué todavía la policía “indica” a un joven en el malecón cienfueguero que no puede tener música alta en su equipo portátil, o a los estudiantes extranjeros de la UCM les prohíben sus tradicionales fiestas, o gente común y corriente se siente con el derecho de recriminar a otros que ponen música en sus autos.
Las parrandas de Remedios en Villa Clara, toda una tradición de 200 años tan cubanas como Fidel, fueron suspendidas hasta el 2017.
Entiendo que cada cual lidie con el duelo de forma distinta, que las personas mayores o menores, se sientan como mi madre, e incluso puedo hasta permitir, sin entender, que a alguien le preocupe el qué dirán o la tergiversaciones extranjeras si tras la muerte de Fidel el país parece de fiesta.
Pero nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho a indicar cómo cada cual sobrelleva el dolor, y mucho menos imponerlo a aquellos que no lo sienten.
Nueve días de duelo nacional eran precisos por la connotación de la muerte de un gran hombre de la Patria pero, ¿y no son acaso esas prohibiciones sin sentido —como diría un amigo y colega— también un culto a la personalidad de quien cuya última voluntad fue precisamente todo lo contrario?
¿Queremos que los más jóvenes, a quienes por lógica generacional no les afectó tanto su desaparición física— recuerden esta como la causa de que no pudieran celebrar o disfrutar de fiestas hasta el 2017? ¿Por qué a alguien se le ocurrió extender el duelo —extraoficialmente— hasta el mes de enero?
Los cubanos no pueden detener su vida por la muerte de Fidel, ni a él mismo le gustaría eso, en definitiva todavía hay muchas cosas por las cuales celebrar en Cuba: la unión de la familia para esperar e nuevo año, el propio aniversario del triunfo de la Revolución que nos trajo ese hombre en 1959.
 Entonces como diría el poeta, cantamos porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren que cantemos.

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